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El taller del gnomo

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Todo sobre las hermandades en World of Warcraft


Escuela de mercenarios (3ª y última parte)

Publicado por Potopo Roscatuerca activado 30 Octubre 2014, 01:30am

Etiquetas: #Hace un mes en Mulgore, #mercenarios, #relato, #historia, #cuento, #bardo

Escuela de mercenarios (3ª y última parte)
Como cada semana empiezo poniendo a continuación el resumen de 1 artículo que ya había sido publicado en Pastando en Mulgore.

Esta que tenéis ante vosotros es la 3ª parte de esta historia, que a modo de cuento os he ido relatando en las 2 últimas semanas. Para mi, alguien a quien ya conocéis por escribir sobre cosas relacionadas con las hermandades o el contenido social del juego, o por crear polémica incluso; estas entradas han sido un riesgo muy grande.

Sinceramente no sé si las habrá leído mucha gente, pero sí sé que han tenido pocos comentarios, aun así no las pienso dejar a medias, porque si toda historia tiene un comienzo también ha de tener un final y esta terminará hoy.

El bardo apuró su cerveza sabiendo que esa noche yo no le pagaría ninguna más, me sonrió y con una inclinación de cabeza y una sonrisa, al tiempo que cogía su laud me dió las gracias y volvió a cantar.


 

Los 16 que quedamos esa mañana en el campamento nos sentimos desolados, puede que incluso traicionados, pero no dijimos nada, tan sólo volvimos a casa. No éramos los mejores, ni los más fuertes o inteligentes, pero conservábamos algo que los que partieron hacia el norte no tenía. Algo por lo que luchar.

El camino fue largo y no estuvo excento de incidentes, algunos se separaron de nosotros y volvieron a sus respectivos hogares, pero los demás seguimos adelante. Cuando al fin llegamos a casa tan sólo quedábamos 7, nosotros 3 y otros 4 compañeros que al haber perdido todo cuanto tenían aceptaron nuestro mismo destino y la invitación a vivir con nosotros.

Aquí podría haber terminado la historia, con heroes cansados volviendo al hogar y recuperando sus vidas, pero no era tan sencillo. La guerra lo había cambiado todo, ahora sólo teníamos pueblos destruidos, familias rotas y gente desesperada. Al poco de llegar nos dimos cuenta de que ya nadie nos miraba igual que antes, esperaban algo más de nosotros, y no sabíamos qué.

Del norte llegaban noticias de guerra, hablaban de una compañía que se hacía llamar renegados de los defensores y que según pudimos deducir eran los mismos que se habían separado de nosotros. Ellos seguían combatiendo la plaga, pero eso no impidió que el peligro volviese a aparecer al sur.

Un día como cualquier otro un niño llegó corriendo al pueblo desde una granja, cubierto de sangre y con el terror en los ojos. No nos hizo falta preguntar qué había ocurrido, tan sólo cogimos nuestras armas y fuimos a luchar, no eran muchos y los matamos rápido, pero eso no salvó a los padres del niño, aunque nos sirvió para comprender que para nosotros la guerra no había acabado.

Los 7 nos volvimos a reunir, equipamos nuestras armas y armaduras, nos cubrimos con nuestras capas y tabardos, y renovamos nuestro juramento de defender aquellas tierras con nuestra propia sangre si era necesario. Partimos a los pueblos de alrededor. Allí reclutamos jóvenes valientes y los trajimos con nosotros, elegimos un terreno en medio de la nada y creamos allí nuestro propio cuartel, un lugar desde donde podernos desplazar a cualquier lugar en el que se necesitasen nuestros servicios.

Los siguientes años fueron una batalla continua, el cuartel creció, nuestros efectivos aumentaron, y cada semana nuestros soldados partían a una u otra batalla de la que no siempre volvían. Aun así nos mantuvimos firmes a nuestra promesa y no abandonamos aquellas tierras. De los renegados de los defensores ya no se hablaba apenas, sólo sabíamos que una noche discutieron y que al romper el alba más de la mitad se había marchado en otra dirección, pero no eran los únicos con esos problemas.

Nosotros tuvimos ese problema una y otra vez, cada cierto tiempo un grupo de valientes estúpidos venía con la idea de que no servía de nada resistir allí quietos sólo para defender una tierra que a nadie más importaba, gritaban mucho convencían a todos los imbéciles que quisiesen unirse a ellos, y partían hacia el norte. Con otro nombre pero con las mismas ideas que los anteriores, y mientras tanto nosotros permanecimos allí, siendo siempre fieles a los principios que nos hicieron tomar el nombre de los protectores del inocente.


 

Y he aquí que ante mi se encontraba aquel anciano, sentado junto al fuego con la mirada perdida, en silencio y el cayado a mano. Le di unos minutos y le pregunté:

– ¿Quieres descansar un rato? – a lo que el me respondió – Agáchate, insensato –
 

Aún no entiendo cómo el anciano aquél pudo ser tan veloz de movimiento. El hombre de pelo cano con el cayado en la mano se levantó como el rayo, de un empujón me mandó al suelo y girando sobre si mismo con la vara preparada atacó, y mató a un jabalí de un golpe en la quijada.

Juro que del cayado de aquel anciano salieron chispas, que el jabalí cayó fulminado de repente, y que yo al levantarme no me di cuenta del profundo corte que tenía en la frente.

El anciano al verme sangrar abrió su macuto y sacando del interior una tela blanca con el borde azul y el dibujo de un arado, rompió la tela e improvisando una venda con la que cubrir mi frente, me miró y sonriendo me dijo:

– ¿Tienes lo que hay que tener para ser un protector del inocente?

Os recuerdo que esto no es más que un resumen de lo que ya fue publicado en PEM, si queréis leerlo íntegro junto con los comentarios de los lectores podéis hacerlo aquí.

PD: No os olvidéis de que estamos intentando que este sea el año de la mujer jugadora. Colaborad con nosotros para que podamos hacerlo posible.

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